domingo, 12 de mayo de 2013

15 años de la masacre de Caño Jabón, más allá de la noticia

En la Pastoral Social de Villavicencio, la mañana del martes 5 de mayo de 1998 transcurría con cierta tensión por las noticias que llegaban desde Caño Jabón. El director de la Pastoral Social, padre Omar García Cañón, había recibido información desde la noche anterior, que indicaba con claridad, que había ocurrido una terrible masacre en Puerto Alvira, un poblado del municipio de Mapiripán (Meta).


Los familiares de las víctimas y desplazados de Mapiripán que en ese momento se encontraban en el salón de Pastoral Social trabajando en talleres de capacitación, apenas murmuraban, ¿ya saben lo que pasó ayer en Caño Jabón? Preguntaban. Los rostros de terror no eran para menos, ellos habían vivido los horrores de la masacre de Mapiripán en julio de 1997 (I) (II), apenas 9 meses atrás.

El Padre Omar García, sacerdote del Prado, -un hombre menudo muy cercano a la gente que siente como suyo el sufrimiento del pobre-, en tono de angustia citó a los equipos de la Comisión de Vida Justicia y Paz, Salud y del Programa DESC a una reunión a una reunión extraordinaria.

"Me imagino que ya ustedes tienen información sobre la terrible masacre que sucedió ayer, tenemos que prepararnos para enfrentar esta tragedia con todos los recursos humanos, técnicos y físicos que tengamos. Ya sabemos que hacer, por ahora es atención humanitaria, es consuelo". indicó el Padre Omar.

El Equipo de Derechos Humanos, llamado Comisión de Vida Justicia y Paz, sabía  que había ocurrido una masacre terrible. Pero no sabía ¿qué hacer?. ¿Cómo saber? No habían salido del duelo y terror por las ejecuciones de los compañeros y amigos Pedro Malagón y Josue Giraldo Cardona en 1996. Pero además,  todos los días llegaban despavoridas cientos de familias de casi todos los municipios del Meta pidiendo ayuda (ver Regiones conflictos y matanzas, página 152) ; el equipo de de Vida Justicia y paz escuchaba en promedio 60 casos por día; intentaban responder desde la impotencia a las necesidades (humanas) de los más de 400 desplazados por la masacre de Mapiripán. Y ahora, venían los de Caño Jabón. Nadie decía nada, solo había miradas y gestos de angustia, miedo y compasión. Los mas sensibles dejaban caer una que otra lágrima, eso si en privado, "no era bueno que las víctimas los vieran llorando", enseñaban los Psicólogos que apoyaban a la Pastoral Social. Hoy se sabe que esa recomendación es una soberana pendejada.

El equipo de la Comisión de Vida Justicia y Paz estaba conformado por una monja (Psicóloga), tres promotores comunitarios (entre ellas una ex laurita) y un coordinador. Hacía un año habían perdido el liderazgo de la querida Hermana Nohemí Palencia, se había ido de Colombia por amenazas de muerte después del asesinato de José Giraldo Cardona. De alguna manera la Pastoral Social era un centro de duelos sin elaborar.

La estrategia para no enloquecer

Todos los lunes, de 8:00 a.m. a 12:00 p.m., el equipo de Pastoral Social se reunía en una pequeña capilla para hacer oración y estudio del Evangelio con el método: Ver, Juzgar y Actuar -Ver sin juzgar, juzgar sin condenar y actuar en lo posible-  No se trataba de un equipo de "expertos", de hecho, ninguno era experto en nada. Pero si se trataba de un equipo de hombres y mujeres convencidos del servicios a los demás sin esperar nada a cambio. Los movía una fuerza espiritual, cuya fuente, era sin duda el Evangelio de Jesús de Nazaret.

El Equipo de Pastoral Social de la, entonces, Diócesis de Villavicencio era un grupo de hermanos (una fraternidad) dispuestos a servir a cualquier hora, sin importar que el precio que tocara pagar, fuera  la vida. Por fortuna no pasó de las amenazas y el exilio de algunos de sus integrantes.

Llegó la oleada de desplazados y aterrorizadas víctimas

Habían pasado dos días desde que se sucedió aquella execrable masacre. Empezaron a llegar familias enteras, prácticamente sin nada, muchos de ellos había salido con lo que tenían puesto. En ese momento  de tanta indignación e impotencia, también sale a flote una fuerza espiritual que solo se le conoce a las víctimas.

Los familiares y víctimas de la masacre de Mapiripán, fueron los primeros salir en auxilio de los recién llegados desplazados de Puerto Alvira, o Caño Jabón como se le conoce popularmente. Ellos, los de Mapiripán, ya había habían vivido el infierno que apenas empezaba para los de Caño Jabón y por ello entendían desde las tripas lo que sentían. Fue increíble ver las manifestaciones de amor y misericordia de unas víctimas con otras.

No está clara la cifra de cuántos desplazados llegaron, en ese momento no importaba mucho, pero si fueron 3 centenares. Del pueblo se fue hasta el cura, el padre Popo, como le decían al párroco de esa época.

Lidiando con abogados, periodistas e inteligencia militar

Pero además de la la carga emocional que significaba escuchar los testimonios de las víctimas, tratar de resolver temas como: dormida, comida, vestido y consuelo. El equipo de VJP, tenía que lidiar con periodistas que lo único que les importaba era la chiva, el dato cruel y amarillista que vendiera, y   abogados que buscaban afanozamente el PODER de los familiares para hacer las denuncias.

Hoy se sabe que lo que importaba a la mayoría de los abogados que acudieron en "ayuda" de las víctimas era poder obtener poderes de los familiares de los muertos para adelantar demandas de reparación directa, es decir: dinero.

De esta rapiña de abogados se puede exceptuar sin ninguna duda a la Corporación Jurídica Humanidad Vigente, bueno y otros pocos. Solo ellos, los de Humanidad Vigente, se quedaron con el equipo de Pastoral Social apoyando a los familiares, asesorándolos y orientando sus búsquedas. De hecho, no lograron ningún poder.